Lara Guerrero-Alvarez-Managing Director en MG Media Greatness
Hay una distinción que llevo años observando en salas de juntas, procesos de consultoría y conversaciones con líderes, pero en especial mujeres, que ocupan posiciones de alta responsabilidad.
Es una diferencia sutil. Pero transforma por completo la manera en que una persona ejerce influencia. Es la diferencia entre adaptarse y reducirse.
A simple vista parecen lo mismo. Pero no lo son. Adaptarse es inteligencia estratégica. Reducirse es perder presencia.
Adaptarse significa leer el contexto sin dejar de ser quien eres. La Palabra lo define como discernimiento. Es entender quién tienes delante, qué necesita escuchar esa persona y cuál es la mejor forma de transmitir tu mensaje.
Cambias el lenguaje, ajustas el ritmo, escoges el momento, administras el tono. Pero el mensaje permanece intacto. No sacrificas tus convicciones para proteger la comodidad de los demás. Eso es inteligencia contextual.
Los grandes líderes lo hacen constantemente. No porque sean complacientes. Porque son estratégicos. Saben elegir sus batallas y jugar en el campo de acuerdo a sus adversarios.
Reducirse produce un efecto muy distinto, desde afuera puede parecer prudencia. Por dentro se siente como renuncia. Es cuando:
- Hablas menos de lo que realmente piensas.
- Presentas tus ideas como preguntas para no parecer demasiado firme.
- Pides disculpas antes de expresar una opinión.
- Justificas excesivamente una decisión que ya sabes que es correcta.
- Esperas que alguien valide tu criterio antes de sostenerlo públicamente.
- Permites que otros repitan tu idea y reciban el reconocimiento por ella.
La reducción suele disfrazarse de humildad, pero casi nunca nace de la humildad, nace del temor a las consecuencias de ocupar plenamente el espacio que nos corresponde. De ser “políticamente correcto” aunque seas “inpolítico” contigo mismo. Se siente como un sacrificio y a veces como traición. Esa renuncia silenciosa tiene un costo: cada vez que disminuyes tu voz, también disminuyes la percepción de tu autoridad.
Aquí es donde la conversación se vuelve especialmente relevante para las mujeres que lideran. Es un dilema que muchas mujeres siguen enfrentando. Yo lo sé, yo vengo de ahí.
Durante décadas, la psicóloga social Alice Eagly, una de las investigadoras más influyentes en liderazgo, ha demostrado que hombres y mujeres no son evaluados con los mismos criterios cuando ejercen autoridad.
En su Role Congruity Theory, explica que existe un conflicto entre los estereotipos tradicionales asociados a la feminidad (ser cálida, colaborativa, amable,conciliadora) y las características que culturalmente se atribuyen al liderazgo (ser firme, decisiva y dominante).
Cuando un hombre comunica con seguridad, suele percibirse como competente. Cuando una mujer utiliza exactamente el mismo nivel de firmeza, con frecuencia es evaluada como distante, difícil o agresiva. Escuchamos expresiones como: «esa mujer es un macho».
El mensaje puede ser el mismo, pero cambió la percepción de quien lo emitió.
Alice Eagly y Linda Carli profundizan esta idea en su libro Through the Labyrinth. Allí sostienen que las mujeres no enfrentan un «techo de cristal» tan simple como una barrera invisible; atraviesan un verdadero laberinto de expectativas contradictorias.
Se espera que sean cercanas, pero no demasiado emocionales. Firmes, pero no autoritarias. Seguras, pero no intimidantes. Ambiciosas, pero sin parecer ambiciosas. Ese fenómeno es conocido como el doble vínculo (double bind). Si una mujer comunica con demasiada suavidad, algunos cuestionan su capacidad para liderar. Si comunica con demasiada firmeza, cuestionan su forma de liderar.
En otras palabras, muchas mujeres sienten que cualquier decisión comunicacional puede ser utilizada para juzgar su liderazgo.
Dijiste algo, [póngale su nombre]? Pregunta que muchas de nosotras hemos escuchado. Explica que muchas mujeres desarrollan patrones lingüísticos destinados a disminuir el impacto de su propia autoridad para reducir el riesgo de ser percibidas como agresivas.
No porque desconozcan la respuesta. No porque carezcan de preparación. Sino porque han aprendido que expresar seguridad puede tener un costo reputacional. Por eso aparecen frases como:
· «No sé si esto tenga sentido…»
· «Tal vez estoy equivocada…»
· «Solo quería agregar algo…»
· «Perdón por insistir…»
· «Quizás podríamos considerar…»
Cada una parece inofensiva. Pero repetidas durante años terminan comunicando una falta de convicción que no corresponde con la verdadera capacidad de quien habla. La ironía es que muchas veces esas mismas expresiones jamás serían necesarias si quien hablara fuera un hombre. Y lo absurdo es que la mayoría de las mujeres ya incorporamos estas frases dentro de nuestro vocabulario.
Tenemos que entender que adaptarse no significa suavizar nuestro liderazgo. Aquí está la diferencia esencial. Una líder estratégica adapta la forma. Nunca reduce el fondo. Puede elegir un lenguaje más empático. Puede decidir cuál es el mejor momento para intervenir. Puede formular preguntas antes de presentar una conclusión. Todo eso fortalece su influencia. Lo que no hace es disminuir deliberadamente el valor de sus ideas para resultar más aceptable. Porque la aceptación nunca debe comprarse al precio de la autenticidad.
Deseamos «Ser entendidas de los tiempos» (en la Palabra se habla de Debora una mujer que lideró al pueblo de Israel y era así – Jueces 4 y 5 cuenta su historia y liderazgo), tener capacidad de discernir el momento actual, interpretar los cambios del entorno y saber qué acción tomar. Ver más allá de lo superficial y entender lo que pasa realmente (lo que está detrás). Interpretar y conocer las señales del momento en el que se vive para no actuar a ciegas. Actuar con sabiduría para saber qué decisiones tomar y cómo responder de forma correcta ante los retos enfrentados.
Suena maravilloso, pero la pregunta, ¿cómo lo hago?
Comienza haciéndote estas tres preguntas después de una reunión importante (no importa el contexto, puede ser con el esposo, familia, jefe, pluma blanca, etc., sí porque no todo es trabajo)
1. ¿Dije realmente lo que pensaba o solamente lo que calculé que sería mejor recibido? Si la respuesta es la segunda, probablemente hubo reducción.
2. ¿Modifiqué mi forma de comunicar porque el contexto lo requería o porque sentí la necesidad de justificar mi autoridad? La adaptación responde al contexto. La reducción responde al miedo (miedo a ser juzgada y hasta a pensar diferente).
3. ¿Salí de esa conversación sintiéndome coherente? La coherencia no significa ausencia de incomodidad. Existe una enorme diferencia entre la incomodidad de defender una convicción y la incomodidad de haberla abandonado.
Sí, la coherencia es importante porque la reputación se construye desde la coherencia.
Las personas que construyen influencia sostenida son aquellas capaces de mantener su perspectiva incluso cuando el entorno todavía no está preparado para aceptarla. No cambian sus principios para obtener aprobación inmediata y son capaces de nadar contraconrriente. Construyen credibilidad precisamente porque son consistentes.
La Palabra lo expresó siglos antes con extraordinaria claridad: «Vale más la buena fama que las muchas riquezas; y más que la plata y el oro, la buena reputación.» Proverbios 22:1
Un buen nombre no se construye complaciendo a todos. Se construye siendo consistente entre lo que piensas, lo que dices y la forma en que actúas. Quizás el mayor riesgo para una mujer líder no sea encontrar oposición, es acostumbrarse a reducirse tanto que ya no note cuándo dejó de ocupar el espacio que le corresponde.
· La adaptación amplía tu influencia ->La reducción la limita.
· La adaptación fortalece tu reputación -> La reducción la debilita.
· La adaptación es una decisión estratégica -> La reducción es una concesión silenciosa.
Esta semana te invito a revisar tu última reunión importante (recuerda que hay más audiencias más allá de lo laboral). No para preguntarte si hablaste mucho o poco. Pregúntate algo más profundo: ¿Mi comunicación reflejó quién soy realmente o la persona que pensé que los demás aceptarían con mayor facilidad?
Porque el liderazgo auténtico no consiste en hacerse más pequeña para encajar. Consiste en desarrollar la sabiduría para comunicar con claridad, firmeza y sensibilidad, sin renunciar nunca a tu esencia. Comienza comunicando con propósito y liderando con Voz Propia.






