Por Chanel Ramirez | Mercadologa

N&M | Allá por el 2020, tuve una acogida impresionante en redes sociales. Compartía mi estilo de vida de aquel entonces, que en medio del caos y las restricciones de la pandemia, proyectaba ciertas libertades que resultaban atractivas. El contenido, en el fondo, tenía un propósito claro: vender. Restaurantes, fiestas, espacios… todo formaba parte de mi trabajo de promoción en aquel momento. Pero se me fue de las manos. O, mejor dicho, se me fue del alma.

Llegué a participar en una increíble campaña para Samsung UK, la mejor retribución económica que había recibido hasta ese entonces por crear contenido. ¿Y cuándo siento que todo se descojonó? Cuando mi cerebro dejó de disfrutar los momentos si no iban acompañados de un “story”. Cuando cada instante parecía tener el potencial de ser contenido. Y con eso, llegó la culpa de sentir que, si no lo grababa, lo estaba desperdiciando.

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Intento explicarlo así: comienzas el día con tu rutina en la ciudad y te dices que deberías haberla filmado para subirla en un reel. Piensas en etiquetar todas las marcas que usaste, por si acaso te ven. Pero quizá no usaste la luz adecuada, o ese micrófono que todas las influencers usan ahora. Luego, el golpe de dopamina de ver las primeras mil vistas… seguido por el bajón de quedarte en mil quinientas, veinte comentarios y apenas dos compartidas. Y entonces, toca pensar: ¿qué otro momento privado podrías exponer mañana para volver a sentirte visible?

Recuerdo cuando, al asistir a una fiesta, lo que más me importaba era escoger un buen vino para el anfitrión, sostener una conversación interesante, disfrutar la comida. No estaba pendiente de si ya me había puesto ese vestido en una foto anterior, o si debía subir stories para mostrar lo bien que se suponía que la estaba pasando.

Por eso —y muchas otras razones— llevo casi un año desmantelando todo lo que construí durante más de diez. Cerrando perfiles, borrando contenido, dejando de seguir y dejando que me dejen de seguir. Bloqueando. Silenciando. Pero, sobre todo, aprendiendo a dejar el móvil a un lado incluso frente a una vista espectacular.

Hoy, mi meta es seguir escribiendo. Y que quienes se detengan a leerme sean las personas con las que quiero conectar. Personas que buscan algo más allá de un post perfecto o un video de 20 segundos. Gente que se lee los copys largos. Que se queda.

Y si arrastro este artículo un poco por los pelos —porque también soy profesional del marketing— quiero decirle algo a las marcas: es momento de tener más criterio al elegir a quienes les ponen cara a sus productos.

Busquen voces con credibilidad, no solo cuentas con ritmo y luces. Busquen mariquitas en este gran pajar de contenido saturado. Porque sí, el consumidor es susceptible… pero también se harta. Se satura. Y está empezando a buscar alternativas que no se sientan como la misma caja de cereal con una etiqueta distinta.

Pero bueno… ese tema lo profundizaré otro día.

Gracias por leerme, Chanel R.

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